“Un abandono de siglos, ha provocado la marginación de los pueblos de
Castilla, perdidos entre los surcos como barcos a la deriva”.
Miguel Delibes. Castilla, lo castellano y los castellanos. 1979.
LOS LLANOS.
A pie de los yacimiento Ibéricos de la Edad del Bronce y la
Edad del Hierro del cerro vigía de La Atalaya y de la Plaza de Armas,
cueto desde donde nace este arroyo que da origen a su nombre: la Fuente del
Carretero, encontramos un torrente que abre la tierra en numerosas
callejuelas formando pequeños barrancos serpenteantes y majadas entre dolinas -muchos
de sus tramos transitables, como laberínticos desfiladeros refulgentes a la luz
del atardecer por los restos de espejuelo incrustados en sus paredes-, esquivando
caminos sinuosos de servidumbre a las escasas parcelas de labor, circundando eriales
de plantas gipsófilas, o pequeñas parcelas inaccesibles de viejos olivos
olvidaos; parajes que confluyen todos en este arroyo que rotura el suelo como una
calle principal hasta el valle del propio rio Gigüela en el paraje del El
Batán, próximo al antiguo Molino Buedo o Güedo.
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Panorámica del paraje Salto de la Yegua. La Atalaya y Los Lanos, al fondo |
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Panorámica paraje Salto de la Yegua. La Atalaya y Los Lanos, al fondo. |
El paisaje en algunos momentos parece lunar, con terrenos
yesíferos, grisáceos y arrugados, algunos como digo roturados para plantaciones
principalmente leñosas; otros ajardinados por la mano caótica de la naturaleza
de esta rica y diversa vegetación endémica característica de nuestro término.
En otros momentos la vegetación se hace más espesa y frondosa, abundante de
matorral y aligas que laceran las pantorrillas del camínate incauto que se
aventura al camino con las corvas abajo al aire. El paseo se hace interesante,
pues a cada paso que damos encontramos ocultos entre altozanos nuevos espacios,
depresiones que forman refugios o majadas, pues no en vano encontramos también
otro paraje al sur, bordeado por el arroyo y el camino a Valparaíso, el de
Las Majadillas, ya próximo a la Mina de la Mora Encantada.
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Panorámica paraje Salto de la Yegua. La Atalaya y Los Lanos, al fondo |
En esta zona podemos encontrar abundante espejuelo, en
considerable tamaño y cristalina transparencia (a salvo aun del turista
depredador, a pesar de la cercanía de la Mina de la Mora Encantada que ya tiene
sus alrededores esquilmados de restos de este tesoro mineral, quedando escasas lascas
en su entorno), señal inequívoca de la existencia aquí de una mina romana aun
por descubrir, tal y como atestiguan los arqueólogos María José Bernárdez
Gómez y Juan Carlos Guisado di Monti por sus investigaciones llevadas
a cabo sobre el terreno, y a los que tanto debemos en Torrejoncillo del Rey y
la comarca de la Alcarria conquense por sus trabajos en estos campos de la
geología y la minería.
Ocupación que no sin denuedo y altruistamente en muchas de
sus actuaciones vienen desarrollado desde la década de los noventa, pioneros que
fueron en la investigación del lapis specularis; y que tantos frutos podrían
estar dando a los municipios de los Cien mil pasos alrededor de la ciudad
hispanorromana de Segóbriga, si la voluntad Administrativa de los cuatro
niveles del Estado: Local, Provincial, Regional, y Nacional, incluso de la
propia población sumida en la atonía por la pandemia de la despoblación y el
envejecimiento de la comarca, fuera firme, coordinada y con políticas convergentes,
de proyectos concisos y ambiciosos; desechando esta situación actual tan errática
en la gestión del patrimonio de minas, sin continuidad alguna, y dejando en
manos de los pequeños Ayuntamientos sin grandes recursos y al albur de sus
alcaldes, las escasas e insuficientes actuaciones que se están llevando a cabo.
Quizás con la honrosa excepción del expresidente de la Diputación Provincial de
Cuenca, Benjamín Prieto, en esta desidia institucional, quien apostó de
una manera inequívoca y decidida por la protección y desarrollo del patrimonio arqueológico
de la minería romana de la provincia. O el claro ejemplo como la unción de
esfuerzos es posible entre administraciones, de la Mina romana de lapis
specularis del Espejuelo de Arboleas en el valle de Almanzora, en la
provincia de Almería.
Retorno al camino. Me había quedado en el Molino Güedo,
situado en un corto caz perdido del Gigüela frente al Batán, del que únicamente
queda en pie una pared de vieja piedra de yeso, oculta entre olmos centenarios
y chopos de grandes ramas retorcidas y tronchadas descansando en el curso del
desagüe, como restos fósiles de tentáculos de un mitológico kraken
alcarreño en un imaginario océano de yesos. Desde este molino, prácticamente
situado junto al camino de la Covatilla que transita paralelo al río
hacia Horcajada de la Torre, y que también da nombre al paraje, vemos la
desembocadura del Arroyo del Carretero; y entre él, los parajes de Valdegalindo
al sur, y Pozo Sales al norte, con el corral y chozo de Mahoro
resguardado entre pinos; y en lo alto, vigilante, La Atalaya, cerrando estos
parajes ocultos, acogedores, bellos y poco transitados.
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Corral y chozo de Mahoro |
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Restos del Molino Güedo |
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Si nos acercamos al término desde la carretera comarcal
CM2102 viniendo desde Palomares del Campo, vemos como Torrejoncillo del Rey se
sitúa equidistante en el centro de una curva de ballesta formada por una
sucesión de cerros y vallejos encarados a la Mancha Alta, hacia al suroeste, como
viejos barcos varados inútiles e inservibles, extenuados de navegar a la deriva
en este mar de yesos, postrados al cálido sol de poniente de la llanura
manchega. El pueblo, situado al pie del Cerro de las Carrasquilla, en un
pequeño altillo a una altitud de unos 930 m, se encuentra escoltado entre el
vallejo del Hortizuela y del Quemado, como una flecha reposando en el
canal de esta ballesta geológica de depresiones y alcarrias, punta en línea a
la meseta.
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Alineación de cerros, de dcha. a izq.: La Moraleja, Gollizno, Cerro Calero y Valdepascual, y las Carrasquillas. |
Si hacemos un recorrido a la inversa, es decir llegando desde
la capital de la provincia continuando el curso del río Gigüela desde su
nacimiento en la Sierra de Cabrejas, salvada la desembocadura del rio
Valdepalomar, el primer vallejete que nos encontramos es el Barranco Gil,
frontera entre los términos del pueblo y pedanía, escorrentía de elevada
pendiente de apenas 1 km de longitud que evacúa las aguas desde Los Llanos de
Horcajada al río. El segundo vallejo es el formado por el citado Arroyo del
Carretero, también de elevada pendiente y escaso recorrido si no fuese por lo
serpenteante de su curso. Entre ambos se encuentran los parajes abruptos con
los que comenzaba este paseo de La Atalaya -en una altitud de 1050 m-; la Plaza
de Armas -990 m-; y el Pozo Sales, el Salto de la Yegua, y las Majadillas a un
mismo nivel menor de unos 930 m sobre el nivel del mar; y con la característica
común de encontrase salvajes y olvidados de la mano laboriosa del hombre, salvo
alguna punta de olivar y otras mínimas roturaciones aisladas de cereal o
girasol hasta las grandes extensiones parcelarias, ya en la vega y camino a La
Mancha Alta.
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Panorámica desde Los Llanos de Horcajada. A dcha. el puntal de los Llanos, en el centro de la imagen el Barranco Gil, hacia la izq., La Atalaya. Al fondo el Cerro de San Bartolomé. |
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Barranco Gil. |
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El Salto de la Yegua desde La Atalaya, y el valle del Gigüela con la Dehesa al fondo; y en la línea del horizonte, la sierra de Almenara. |
El altiplano que comúnmente nombramos como Los Llanos, con
numerosos restos de colmenares y encerraderos de ganado identificados
nítidamente a vista de pájaro, quizás con una de las reforestaciones más
antiguas llevadas a cabo en el municipio en gran parte de su extensión, y que
bien merece un caminar tranquilo tras la subida desde cualquiera de los puntos
desde los que hayamos partido hasta ganar esta elevación, dibuja una especie de
“i griega” formada por los extremos de la Atalaya al Collado de la Hortizuela
hacia Naharros, con una longitud de casi dos kilómetros, y el del cerro de
la Olivilla de la Virgen en Horcajada a Pinchaieres, de un
kilómetro de distancia aproximadamente. Donde en el vértice de esta “y”
imaginaria, delineada en las margas y calizas tableadas que forman el Llano, establezco
el centro del refugio circular de pastores y ganados del Chozo Murie.
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Detalle del mapa 1:25000 del IGM, de Torrejoncillo del Rey. Paraje de los Llanos. |
La ladera abajo, de formación geológica más indulgente en
toda su amplitud para la roturación, de limos arcillosos con cristales de yeso
y margas, ya de regreso al pueblo, salpicada de las frecuentes cuadrículas
desordenadas de olivos alineados entre pinares, pequeños huertos, corrales, zarzales
y aliagares, abandonando este alto estratégico, acoge una serie de parajes ahilados
cauce arriba, algunos bien conocidos como el de la Hoya del Hocino,
los tablares de la tía Blasa -con su corral cuadrangular del Tío
Chines a escasos 250 m al sur del de Murie-, y el Molinillo, hasta terminar
en el citado del Collado de la Hortizuela, cayendo pues al valle del río, el
tercero de los valles que vengo enumerando. El Arroyo del Hortizuela, de nacimiento
en el Espumarejo a unos 1084 m de altitud en el vértice de Villarejo
en el Monte, quizás el de mayor altitud de ambos llanos, incluso de todo el
término, es uno de los dos principales arroyos junto al de Valdelacasa (en el
que más adelante nos adentraremos), de esta sucesión única de cerros y vallejillos
que configuran la fisonomía de Torrejoncillo del Rey.
Este vallejo, con una extensión de dos
leguas, abre el término hasta Naharros en su salida natural a Cuenca, hacia la
Serranía, configurando al norte el Monte. En este valle se encuentran muchos
de los principales nacimientos y manantiales que abastecen el municipio y las
pedanías, o regaban los innumerables huertos en ambos márgenes del Hortizuela.
La fuente de Pinchaires, la de la Hoya del Hocino, o la del Chopillo…, a solana,
es decir al margen izquierdo del rio y la carretera abandonada por la Junta. O en
la umbría las de la Melonera, Don Pedro, las Carabinas, el Mayorazgo, y
por último Valdepinosillo -vertiente que quiebra la ladera con un
nuevo barranco desde la Senda de la Morquera-, hasta el nacimiento
citado del Espumarejo, ya en el término de la pedanía de Villarejo
Sobrehuerta.
Aun dispone de una fuente de vida más, la de Fuente del
Sauco o Fuentesauco de nacimiento en la Pajarera -donde
podemos encontrar una de las escas plantaciones aun en el término de lavandín,
y el Corral de la Pajarera-, el postrero de los manantiales que
también alimenta el nacimiento del río, dividido en dos cursos a la altura del
paraje del Valdepinosillo, como una lengüecilla bífida. Esta última
fuente, ¡cómo no!, también forma parte del otro río artificial, subterráneo e indefectible:
la red en alta de abastecimiento de agua para consumo humano del pueblo. ¡Fuentes,
y más fuentes de agua limpia y sana, mineral, que regaban los huertos del valle,
otrora abundante y ricos de verduras, hortalizas y frutales, sustento de muchas
de las economías domésticas del pueblo!
Hoy la mayoría de estos hontanares se encuentran perdidos, invadidos
de zarzas, inaccesibles, o secos sin apenas agua por la falta de nieves, de la
que la poca aflorada es consumida en su totalidad por la población, o
desperdiciada por la antigüedad de las redes de abastecimiento y falta de
control y regulación, perdida en las oquedades y minas del subsuelo urbano. Sin
lugar a sobrantes que mantengan un mínimo cauce ecológico, salvo cuando la
demanda de consumo cae en las épocas de menor personal en el pueblo, o cuando los
análisis sanitarios muestran el envenenamiento y las hacen no aptas para el
consumo por el exceso de nitratos, a causa de la sobreexplotación de
fertilizantes y purines de las tierras de labor de ambas alcarrias
torrejoncilleras: la explorada hasta aquí en este relato de Los Llanos, y en la
que nos adentraremos a continuación del Monte hasta el valle del río de
Valdelacasa.
En el Hortizuela sólo vemos correr el agua en estos casos, o
en su natural función de evacuar las aguas de las lluvias copiosas y las
escorrentías por las ramblas en los momentos de tormentas, como un cauce
errático y triste, en ocasiones violento, de agua en descomposición, melancólica
y decepcionada por el consumo descontrolado, o por el envenenamiento del exceso
humano en los tratamientos agrícolas y la sobreexplotación del vertido de
purines de las granjas porcinas; añorando aquel hortelano laborioso, preciso en
la administración hidráulica, y agradecido en la labor bien hecha.
La ausencia de la mano ordinaria del aldeano ha dado rienda
suelta a una Naturaleza hegemónica, con su extensión salvaje y descontrolada, caprichosa,
adueñándose e invadiendo estos rincones de antaño cuidados y ordenados como
extensiones del hogar propio, que si bien escasamente productivos en términos
agronómicos, sí vitales para las economías básicas de las familias de estos
pequeños municipios de la España vacía. Sin perder de vista la labor
callada, esencial para la defensa, conservación, y cuidado del medio ambiente
de la comarca; en este vínculo entre hogar y medioambiente que se mantenía de
recolección en recolección entre las generaciones que nos precedieron, hoy roto
este equilibrio inexorablemente una vez perdida la herencia compartida y el
abandono de estas tierras ásperas, pobres e improductivas.
Hoy los urbanitas se abrazan a los árboles según parece para
mejorar la concentración y reducir los niveles de ansiedad y estrés que les
provoca el mundo moderno, aumentada por la presión y alarmismo de grupos políticos
de presión extranjeros; cuando quizás si en vez de este pasivo y estéril
paliativo, la prescripción fuese ceñirse al astil de un azaón
disciplinario, aferrarse a una desbrozadora estimulante, o manejar un motosierro
vigorizante para cuidar la tierra de sus ancestros, serían sin duda remedios eficaces
que mejorarían la salud desquiciada del mundo moderno, contribuyendo a reducir los
niveles de ansiedad y estrés, y el consumo de ansiolíticos.
Es fácil desde esta posición de cuentista vanidoso,
emborronar el papel de demagogia, como un alcaraván estridente, con lo que he
de aplicarme humildemente el refranero, consejos vendo, que para mí no tengo.
Pero la verdad es que no puedo dejar de sentir apesadumbrado esta pérdida de conservadurismo,
de administración cotidiana y renovación de los escasos recursos del capital
social y del económico que proporcionaba
la comarca. De la ausencia de una verdadera ecología social, próxima a
las circunstancias cotidianas y a las necesidades locales, y que no llegue
impuesta mediante tratados y agendas inasumibles, confeccionadas en despachos ignotos
por funcionarios al servicio de no se sabe bien qué intereses ajenos al
“sentimiento local”, dogmas impuestos a golpe de presupuesto y políticas de amedrantamiento,
con soluciones inalcanzables que no están en nuestras manos, y que sólo
provocan desasosiego y zozobra. ¡Cómo contener una naturaleza desatada en un
mudo rural en descomposición, apenas sujeta por los escasos agricultores y
cazadores!
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Arroyo del Hortizuela, a su paso por el paraje de las “Nogueras de Murie” y el nuevo bosque de las Hadas |
Una vez más, ante la encrucijada de
caminos en este relato de paseos por parajes de Torrejoncillo del Rey, salgo
por otros derroteros enfangados de difícil salida y que se escapan al objeto de
la narración, con lo que retorno a la senda del valle que no debería haberse
abandonado.
Qué agradable resulta el paseo por
esta magnífica cuenca del Hortizuela entre los Llanos y el Monte, dejarse
llevar por el sonido del agua corriendo lentamente por este cauce, que agudiza
los silencios de este paisaje encantador, con algunos rincones sobrecogedores, incluso
“fantásticos” como el Bosque de la Hadas junto a las nogueras de
Murie, próximo al frustrado proyecto de piscina de Jacinto, hasta
adentrarnos al pueblo por el camino desde el Puente Nuevo: vista a la izquierda
la castea de Abundio y el nuevo colmenar de Paco Briones; hasta llegar
a la siempre enigmática Ermita de la Esperanza, y el cementerio -el otro
pueblo tranquilo- a la espalda, cerrando este círculo telúrico con el que
comenzaba esta empresa.
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Bosque de las Hadas |
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Panorámica del valle del Hortizuela y Torrejoncillo desde la Era Mata a su llegada a la Puentecilla. Al fondo a la dcha., el Cerro de las Carrasquillas. |
El caminante sobre el mar de nubes', de Caspar David Friedrich. 1918. Museo de arte en Kunsthalle de Hamburgo (Alemania).
EL MONTE
El siguiente altiplano, de mayor extensión, es el del Monte. Comenzamos la excursión nuevamente colina arriba, subiendo desde el Puente Nuevo por el camino de Fuentesauco, para abandonarlo enseguida apenas avanzados unos metros, y tomar a la derecha una antigua senda pina de caballerías, hasta encontrarnos con la Fuente de la Tecla, donde haríamos una parada de descanso y tomarnos el tiempo suficiente para volver la vista atrás y contemplar el paisaje espectacular que abandonamos. Esta fuente mancomunada como todas, nutría igualmente numerosos huertos dispuestos en pequeños tablares, ordenados y pulcros, sustentados por muros precisos de piedra de yeso, en esta media ladera de Don Pedro y el rincón de Las Carabinas. Cada uno con su poza y regueras comunicantes, como el de Cruz, Repollo -que posteriormente pasaría a ser de Pepe Moya. Recuerdo el visitarlo siendo niño muchos atardeceres a lomos de la borriquilla hatera de mi tío abuelo llegando por la senda desde los depósitos del agua, espantando tábanos y evitando sus picaduras caprichosas, sin distinción de niño o bestia, y el sabor del bocado al pepino virgen, recién arrancado de la mata, fresco y limpio en la poza. Hoy vericuetos inaccesibles, sólo visitado por jabalíes y cazadores, engullidos por la salvaje vegetación.
Recuperado el resuello, abandonada la nostalgia, completamos la elevación hasta los 1.055 m de altitud, hasta llegar al cerro de las Carrasquillas. Este cerro, con el controvertido monumento al Sagrado Corazón de Jesus emplazado en el puntal de su cima, franqueado por siete viejas encinas, ofreciendo desde su pedestal toda la extensión de Torrejoncillo del Rey, desde donde se dibujan a la perfección sus calles y plazas desde este mirador sobresaliente, será el buque insignia de este relato de Cerros y Vallejos, por la significación para el pueblo y el simbolismo que contiene, como un icono rural de arte pop, que este paraje excepcional representa para los hijos de Torrejoncillo.
“¡Qué me lleve el aire a las
Carrasquillas!”
Así se lamentaba hace unos días Angelita, mi suegra,
acordándose en su convalecencia del cerro emblemático, como un verso postrero.
Quizás junto con la exclamación ¡Ay, Virgen de Urbanos!, sean las dos
expresiones más recurrentes de los nacidos del pueblo en momentos de
tribulación, en esta influencia inquebrantable del terrero sobre sus
habitantes, referencias que permanecen toda la vida en el subconsciente, como
asideros inalterables de pertenencia, a los que siempre se acude y regresa en
busca de amparo.
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Torrejoncillo del Rey desde la desparecida Ermita de San Roque. Al fono el cerro de las Carrasquillas, con los siete quejigos y el monumento del Sagrado Corazón de Jesús en el puntal. |
Cansados de salvar tantos montículos, damos la espalda al
pueblo, tratando de retener las vistas y sensaciones recibidas desde las
Carrasquillas, para continuar llaneando hacia el este, hasta llegar a la
carretera de Huerta de la Obispalía, atravesando el paraje del
Modorro. Dejando al norte los puntales o vértices de la Mochuela y la
Morquera -a 1.071 m de altitud- giraremos sobre nuestros pasos buscando el
nacimiento del Vallejo del Quemado en la Fuente del Piojo,
nuestra siguiente estación. No sin antes visitar dos corrales supervivientes, alineados
y circulares, ubicados a la altura de Don Pedro, en las Carabinas, y un tercero
principal de mayor tamaño, ya desaparecido, el del Corral del Tío Remolín,
donde antaño encerraban los toros y vacas, pastoreados desde Cuenca, para las
fiestas de feria de Torrejoncillo, Palomares del Campo, y Montalvo, en los
meses de septiembre, para san Miguel, finalizados los tiempos de las cosechas
de cereal y la vendimia.
Desde esta fuente arranca nuestro cuarto cauce, que con una
longitud de unos 3 km se adentra en el pueblo por las antiguas huertas del Convento
franciscano de los Ángeles Custodios, entre las Ermitas de la Soledad
y de Ntra. Sra. de la Paz, a través del barraco encauzado de obra de
piedra en su traza urbana, con la piscina y las instalaciones deportivas
municipales a un lado, al sur, y la Huerta Niso al norte, hasta desembocadura
en el Hortizuela, en la Puentecilla.
Vallejo del Quemado, y el cerro de Valdepascual |
Este bordaño alimentaba toda una red de pozas
desperdigadas en orden descendente por la ladera de Valdepascual, a su vez alimentadas
por otros pequeños manantiales, que regaban innumerables huertos a lo largo de
todo este vallejo; comenzando con el de Eño, para continuar con los de tío
Silvestre, Mohíno, Inri, Pinchaculos…, hasta llegar al último, el huerto
que fue de Orejones, antes de la entrada del arroyo al pueblo Hoy apenas
se mantienen un par de estos nichos de vida hortícola en producción ocasional y
de esparcimiento, dejando así su misión principal de antaño de contribución
indefectible a las economías domésticas del pueblo para convertirse su explotación
en actividades de ocio y entretenimiento. Descender paseando por este valle en
las largas y luminosas tardes de primavera es un espectáculo impagable,
acercándonos lentamente como un zum al pueblo, con el Convento y el Silo al
fondo ocupando el centro de visión, y a lo lejos, en la línea del horizonte,
peinado los campos, el canal del Trasvase Tajo- Segura.
Borda
ño en una de las pozas del huerto del tío Silvestre. |
Restos de la Ermita de Ntra. Sra. De la Paz del antiguo convento franciscano de los Ángeles Custodios tras el silo del SENPA. Al fondo el Trasvase Tajo - Segura. |
No es el momento aun de descender, y continuando en el
páramo, desde la fuente del Piojo, salvaremos la Tiná de Timote, para
bordear, manteniendo con altibajos los 1.070 m de la curva de alto nivel de
este nuevo paraje de Alto de la Azuela, los cerros de Valdepascual y
Calero, asomados permanentemente al espacio que desde estos nuevos cerros se
nos ofrece a poniente.
A partir de aquí es un continuar paseo entre las tierras de
labor de secano para el cereal y el girasol, entre encinares, pedregales y
tomillos, y esquivando los colosales generadores de energía eólica
recientemente elevados, y que tanto han cambiado la fisonomía del Monte, para
el consumo de esta electricidad alternativa, aldeana, de los patinetes, bicicletas,
y vehículos eléctricos de los urbanitas allá en las ciudades sostenibles. Potentes
máquinas, inmisericordes, esenciales para el nuevo modelo de economía circular:
“extracción, diseño, producción, distribución, consumo, recogida, y reciclado”.
Y yo apunto eliminación, pues por mucho que quieran publicitarnos la
cuadratura del círculo, la existencia de residuos es real, como muy bien percibe
esta comarca y las aledañas, “privilegiadas”, potencialmente receptoras de desechos
en nuevas instalaciones de nombres inciertos, distorsionados, cuyas
nominaciones, en una perversión del lenguaje calculada, interesada y maniquea
hasta la náusea, deforman y camuflan interesadamente hasta la exasperación, su
verdadero y selectivo fin.
De estos generosos lugares, en este imperfecto y falsario círculo
ecológico, parten la energía y el agua, la materia prima agroalimentaria y su
primera transformación, y regresan los residuos para su valorización,
almacenamiento, o eliminación a esta tierra esquilmada y exhausta. Además de
aportar la última vitalidad con la emigración irreversible de la juventud, sin
opción al necesario relevo generacional para la subsistencia de la provincia
del crimen: como sabemos por el último dato del INE, Cuenca continúan perdiendo
población, no logrando al menos recuperar la cifra de los 200.000 habitantes.
El pasado mes de octubre en el acto de inauguración del
parque eólico que lleva el nombre del paraje donde nos hemos parado en este
relato, los gerifaltes, embarrados, nos informaban que CLM se acerca a los
9.5000 MW de potencia instalada en energías limpias, en un alarde de economía
sostenible. La puesta en servicio del parque va a producir energía eléctrica
equivalente al consumo anual de cerca de 100.000 hogares, contaban alegremente.
¡100.000 hogares, se dice pronto! ¿Sí, pero dónde?, si el tamaño medio de un hogar
en España es de 2,50 personas -y decreciendo año a año-, ¡en toda la provincia de
Cuenca son 78.000 los hogares! O sea, que sólo el Parque Eólico de “El Monte”
abastece a más de todos los hogares de la provincia ¡Qué locura de fanfarronas cifras!,
dándose ya la paradoja de desconexiones selectivas de parques eólicos por el exceso
de producción eléctrica, ante la falta previsión para ampliar la capacidad de la
red eléctrica española, para el almacenamiento, distribución, y su
interconexión.
En el término municipal de Torrejoncillo del Rey, donde no se
supera los 2 habitantes/km², se han
instalado 505 MW: 19 generadores de 5,5 MW c. u. a sumar a los 400 MW del nuevo
parque solar, es decir según nos indican corresponderían ¡al 5% de todas estas
energías limpias de Castilla – La Mancha! Salvo por los jugosos impuestos para
la municipalidad por obras, cánones, y futuros IBI´s industriales por estas
grandes obras privadas, las políticas de compensación que deberían desarrollarse
para la zona por la degradación del medio ambiente son manifiestamente inexistentes
(por ejemplo para la recuperación Medioambiental, o el Patrimonio Cultural y
Natural; y bien al contrario, en un acto torticero desmantelan infraestructuras
básicas, vertebradoras, como la antigua línea de FF.CC. Madrid – Cuenca - Utiel).
Y la envejecida población residual, aquellos escasos abuelos que aún permanecen
en el terruño, observan con sus ojillos vivaces y cansados, quizás algo curiosos
por el despliegue técnico para la gran obra energética y el paso efímero de
recursos humanos foráneos, socarrona e indiferentemente la realidad del nuevo
mensaje económico -como si ellos no supieran lo que es la sostenibilidad
después de una vida plena en el difícil equilibrio entre trabajo y
supervivencia en esta tierra dura siempre vacía-, que no es otro que el
monótono girar al capricho del viento de las aspas de los molinos y el refulgir
que pronto los espejos solares proyectarán al cielo, deslumbradores, desafiándolo
en día y noche, mientras se desvanecen sus recuerdos y la vida termina, “mirando
como atardece y viendo toda la mar enfrente” de cerros y llanuras. Y entre
tanto, indiferente y soberbia la energía fluye velozmente bastardeando el
paisaje, para el uso y disfrute en las ciudades insolidarias y exigentes,
insaciables. ¡Otro
charco!, ¡qué facilidad! Hay que salir de aquí y volver al camino, antes de
acabar enfangado totalmente. Trataré de salir airoso con la poesía del maestro M.
Alcántara y la música de la cantaora Mayte Martín de por medio.
No pensar nunca en la muerte
y dejar irse las tardes
mirando
como atardece.
Ver toda la mar enfrente
y no estar triste por nada
mientras
el sol se arrepiente.
Y morirme de repente
el día menos pensado.
Ese en el que pienso siempre.
Deambular por este altiplano, dada su extensión, llevaría varias jornadas para el camínate inquieto y curioso, máxime si cambiáramos de dirección al este para adentrarnos en los parajes extramuros de Los Llanos y Los Entredichos y asomarnos a la cuenca del Río Záncara, ya en los términos de Villarejete y el del pueblo vecino de Huerta, capital porcina de la comarca, con cerca de 21.000 cabezas de ganado porcuno, entre madres, lechones, cebo, y verracos; repartidas por los parajes de su término de Poo, Aliagares, Hontanillas....
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Vista del Monte, con los nuevos generadores eólicos, en el Ato de la Azuel. |
El cerro Calero es un otero esquivo, humilde y modesto,
prolongación de Valdepascual, a una menor altura, sobre los 1.050 m, como
queriendo soltar amarras del Monte para abandonarse a la calidez de la llanura,
con su árida ladera erosionada por torrenteras, coronado de jóvenes pinos
roderos hasta casi alcanzar su puntal de La Tarasca, como el cráneo
tonsurado de un frailecillo franciscano. Sólo las fuertes heladas de los
eriales y labrantíos parecen sujetar en el alto esta coyunda geológica.
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Vista del Cerro Calero desde la Ermita de Ntra. Sra. de la Paz. Ocultos entre la niebla, Valdepascual y generadores eólicos. |
Si caminamos en equilibrio por su ladera sur, sin dejarnos
arrastrar por el influjo de la llanura y amparados en la seguridad del Monte,
nos adentraremos en el siguiente vallejo, el del arroyo de Fuente Canal.
Este cauce es alimentado una vez más por pequeñas fuentes y manantiales a lo
largo de su curso de unos 3 km de longitud hasta desembocar en el de
Valdelacasa, ya en el paraje del Mojón en el cruce de la CM 2102 con la
carretera provincial a Villar del Águila, como la propia de la que nace este
cauce discontinuo de la Fuente Albacar, y que también forma parte de la
red municipal de abastecimiento para el beber y aseo del paisanaje
torrejoncillero.
Tomar el camino -recientemente remodelado para el tránsito de
los camiones de transporte de gran tonelaje de las colosales aspas de los
molinillos de viento-, que desciende desde el Monte por este valle hasta las
Eras del Convento, es una invitación a un paseo que no nos defraudará por
la belleza de este entorno, tan accesible y cercano al pueblo: ¡no hay quinto
malo! Y siempre podremos tomar un respiro en el descenso por el empinado camino
tras la expedición en el Huerto de Arcadio, y disfrutar de este rincón con
sus numerosas acequias y árboles frutales, con su sorprenderte casa de labor
escondida entre la variada y frondosa vegetación. Un refugio fortaleza que no
en vano el diccionario histórico de la lengua española nos enseña que albacar
o albacara es la superficie limitada por el recinto exterior de un
castillo, y en el cual se solía guardar ganado, con lo que no puedo evitar dejar
correr la imaginación, y pensar que quizás la toponimia del lugar que da nombre
a ambas laderas de cabecera del arroyo no sea fruto del azar.
Caseta del Huerto de Arcadio, en
Fuente Albacar |
Si hemos tomado la decisión del
descenso desde el Monte por el camino del arroyo de Fuente Canal, la solución, sencilla,
no será acercarnos al pueblo para abandonarnos en la banca de casa para el
merecido descanso después de haber pateado tantas vaguadas y colinas, y sí continuar
con denuedo en esta aventura por la fisonomía y la toponimia del término. Bien
al contrario seguiremos haciendo camino, dejando a nuestra espalda La Tarasca, para
adentraremos por el sur en el Santo, aquella almunia de urbanización
caótica de zarzamoras, lilas, surcos y albercas, con sus asentillos y lozas
de colores, y la abandonada casa de labor cercada por un pequeño bosquecillo de
pinos piñoneros; vergel de los primeros juegos y escarceos amorosos de
adolescencia en las interminables tardes de verano, huerto que ya forma parte
del imaginario colectivo de mi generación -quizás la última- y las anteriores, ante
su abrupta desaparición hace ya algunos años, cuando el paraje se transformó en
una próspera y árida extensión agrícola, con su bien definidas lindes entre pardales
inexistentes, y marciales besanas productivas. En este paraje se emplazó otra
de las ermitas del pueblo, siguiendo la estela de abandonos también desaparecida,
la Ermita de San Sebastián, dando muy posiblemente nombre a este lugar
por referencia al mártir milanés, patrón de Villar del Águila.
Estamos todavía a media altura, a unos 920 m de altitud, hemos descendido del alto llano, pero aún permanecemos lejos del valle del Gigüela, y caminamos en esta cota hasta alcanzar el Barranco del Agua, el sexto de los vallejos de esta expedición, y el sensacional cerro del Gollizno. A este nuevo espectacular paraje, también podemos acceder desde la Mancivera por el camino de Villar del Águila, dejando a la derecha otra fallida finca de recreo, la de Panseguro, punto de partida fácilmente identificable por el único gran fresno de la zona y a su pie los escasos juncos de la fuente del Culo que la verdecen. En la falda del Gollizno, salvando el Santo, encontramos otro de mis rincones predilectos, una zona magnífica para pasear y contemplar el paisaje que ofrece esta zona, delimitada por este camino del Barranco y el de Villar del Águila, por el que en ocasiones parecerá que atravesamos un estrecho y corto desfiladero, entre lomas de olivares, sobrevolado por lechuzas y mochuelos si el paseo es silencioso y a la cálida luz del atardecer.
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Paraje del Besuguillo, con los generadores eólicos alineados en entre el cerro del Gollizno a la izq, y la Moraleja a la derecha. |
Esta zona denominada del Besuguillo, junto con la del
Gollizno, me recuerda mucho a la del Salto de la Yegua con el que comenzaba
este caminar por su similitud geográfica y geológica, pues a cada recodo
hayamos sorprendentes recovecos de singular belleza paisajística, variedad de
cultivos, y elementos etnográficos, como los abundantes restos de lapis
specularis, también aquí indicando una nueva mina romana abandonada y escondida.
O encerraderos para los numerosos rebaños de ovino manchego que pastaban en
estas tierras, como el de Cruces donde guardaba Damián, Begin, su
pastor, si giramos el rumbo barranco arriba para prepararnos de nuevo al asalto
y la toma del puntal del Gollizno.
Este Barranco del Agua nace en el
llano del Monte, entre los parajes del Escalón y
Chirrín, de una longitud de no más de 2 km hasta aunarse con al
arroyo de Fuente Canal en el paraje de las Covatillas, con una pendiente
rectilínea y vertiginosa, salvando 150 m en una corta longitud inicial. Aquí también
encontramos pegada al camino de Villar del Águila el corral y la casilla de
la Beata: el gran número de chozos, corrales, majadas, apriscos del término
bien merecen un completo inventario detallado, y que guardo en mi imaginario
para otra ocasión. Animaría a todos los caminantes a iniciar el ascenso desde
el Santo, y previa vista del chozo mencionado de Begin, por la escarpada
senda de la derecha al Barranco, la de la ladera a norte de la Moraleja, hasta
alcanzar nuevamente la cima del Monte. Esta estrecha senda de herradura, que en
ocasiones podemos perderla de vista pues su traza se ha perdido en algunos
tramos ante la falta de transeúntes y la irrupción desatada de la vegetación,
quizás sea de las mejores para los aficionados al senderismo por el perfil que
presenta, idóneo para esta práctica deportiva, y por la belleza del ascenso:
¡acaso hemos dejado atrás alguno sin encanto!
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Nacimiento del Barranco del Agua, entre los parajes del Escalón y Chirrín. |
¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!
¡Oh, aventura de cielos despeñados!
Cuenca, en volandas de celestes prados,
de peldaño en peldaño fugitiva.
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Vista del paraje La Losa en el Gollizno, con la pequeña caseta de Andrés, Carús, a media ladera, a la izq. |
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Vista
aérea de la Moraleja, con lo tres nuevos generadores eólicos alineados y situados
en los Puntales de la Butrera, del Pilón, y de La Moraleja, de este a oeste (SigPac). |
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Tres estampas desde los Puntales de la Moraleja. |
Si iniciábamos el relato en la
frontera norte del término con Horcajada de la Torre establecida por el Barranco
Gil, finalizamos “la curva de la ballesta” de esta sucesión de cerros y
vallejos en la frontera sur con Villar del Águila, establecida de manera
natural por el río de Valdelacasa. No puedo ocultar, por motivos obvios
de tradición familiar, que este valle se trata de mi predilecto, ya que en él
se encuentran las pocas parcelas de labor y monte del escaso patrimonio agrícola
del que disponía mi suegro, desde que en los años sesenta junto con Juan
Borrica y Silvero constituyeron una sociedad agraria en el conjunto
de estas tierras de Las Compras y Fuente Miguel.
En el lote de reparto en el momento
de la segregación, se encuentran la pequeña casilla de almacenamiento de aperos
y esparcimiento, acondicionada para un gallinero y palomar, con un pedazo de
tierra aneja, al norte, donde Alberto el Cordobés disponía el huerto
y frutales: parras, higueras, ciruelos, membrillos…, que su cuidado y
mantenimiento tanta satisfacción le darían en vida.
Con la alberca para la irrigación por
el sistema por goteo del pequeño huerto, abastecida desde el pozo artesano
junto al río, y que se alumbró originariamente en la década de los 60, en los
inicios de la agrupación, para el riego por aspersores, con los tradicionales
tubos de aluminio con enganches de cangrejo, del resto de las parcelas que se
adentraban en el valle por el paraje citado de Fuente Miguel.
O el colmenar, que ya en la recta
final de su vida crearía con tanta ilusión y sabiduría, ayudado por su
conmilitón con el ganado apícola José, el Pillo, también tan triste y
tempranamente desaparecido. Y todo este micromundo entre los Montes de
la Moraleja y de Fuente Miguel con el Puntal de las Ánimas por testigo, ya
en el término de la pedanía, creado por una intuición innata y una voluntad
férrea, sólo quebrada por su delicada salud, a base de iniciativa y duro trabajo
con la ayuda de la primera mecanización, la del viejo “Barreiros”, y el apoyo de
su padre, el abuelo Diego al que tanto cariño mostraba con sus constantes
referencia y recuerdos, enraizados a la tierra como la encina solitaria,
preservada y cuidada hasta hoy, a los pies del Puntal.
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Puntal de las Ánimas, y el paraje de Fuente Miguel gran parte reforestado de pinos, en el valle de Valdelacasa, con la encina de Alberto el Cordobés y el abuelo Diego, en primer plano. |
El arroyo de Valdelacasa, con unos 10 kilómetros de longitud, nace en la Fuente Peñuela, a 1.071 m. de altitud, en los parajes de las Viñas del tío Antonio, y El Cubillo, casi queriendo tocar el nacimiento hermano del Hortizuela en el Espumarejo: a penas un kilómetro les separa, cada uno a ambos lados de la carretera de Huerta a la altura de la Morquera.
Como los estudiados hasta ahora,
desciende vertiginosamente -perdiendo una vez más 150 m de altitud en apenas
una legua-, por el valle hasta el cruce con el camino de Torrejoncillo a Villar
del Águila, en el entorno del aprisco de ganado ovino de Julián Escribano y la
casilla de Alberto en La Moraleja, para adaptarse el cauce a tierras más
mesetarias, sosegándose hasta su desembocadura en el río Gigüela, cerca de la Ermita
de Urbanos, en los parajes que custodian el río del Molino Anchea y Santa
Brígida; no sin antes atravesar la carretera de Palomares del Campo por el Puente
de los siete ojos y hermanarse con el arroyo de Fuente Canal en La
Coronilla, en la encrucijada de caminos de La Vega, Los Molineros
y la carretera de la Diputación Provincial CUV-7034 a la pedanía, situada entre
estas cuencas del Cigüela y el Záncara, antiguo marquesado de Juan Jerónimo
de Urrutia y Perez de Inoriza, Capitán de Coraceros de México, alcalde
ordinario de la Ciudad de México, y alguacil mayor de la Inquisición de Nueva
España.
![]() |
Valle de Valdelacas, desde el Cerro de La Moraleja, al frente, el Rehoyo en el T. M. de Villar del Águila |
![]() |
Valle
de Valdelacasa desde el Cerro de La Moraleja; al frente la línea del horizonte
del Monte de Fuente Dulce, con el Puntal de las Ánimas en el punto más
occidental. |
Ha pasado ya más de un lustro desde que la extinta Asociación Cultural “Alonso de Ojeda”, entre sus muchas actividades culturales, lúdicas, deportivas…, organizara una ruta senderista por este Valle, iniciada en el Monte, en el camino de la Huerta en el paraje de las viñas del Tío Antonio. Fue una jornada fantástica la completada por el pequeño grupo heterogéneo chiquillos, jóvenes y mayores que participaron; un paseo agradabilísimo en el final de la primavera de 2016 por este impresionante y largo vallejo de Valdelacasa, con parada obligada en el aprisco de Julián Escribano, donde tuvimos la suerte de encontrarnos una cuadrilla en plena faena de esquilado mecánico de la majada, y disfrutar y aprender con esta experiencia de trabajo tan antiguo. Quizás sea el camino más adecuado y bonito para descubrir este entrono: descender desde el nacimiento hasta llegar al fondo del valle, y regresar al pueblo por el camino de Villar del Águila, atravesando estos sitios que he venido enumerando en las faldas de la Moraleja, Gollizno, Calero, y Valdepascual.
Pero si algo me llamó la atención, antes igual que ahora en este recorrido imaginario por parajes, catastros, mapas y fotografías, fue la soledad del campo, la total ausencia de una sociedad rural que albergue un mínimo de esperanza no ya sólo para su resurgir imposible en su modelo tradicional, o incluso mediante una repoblación virtual, basada en el mundo moderno, tecnológico, “con importantes concesiones de fueros, privilegios, exenciones o franquicias” al estilo medieval como las llevadas a cabo por Alfonso VIII en la Reconquista de estas tierras extremas; sino incluso para la subsistencia de esta última colectividad cambiante, híbrida entre la tradición y lo urbano, “donde apenas significa nada a la hora de construir su futuro”, prácticamente excluida de todo ámbito de decisión social, sin peso ni fuerza, sin libertad real, en su atonía insuperable.
Durante el sendero transitado de estos 12 km por el Valle de Valdepascual y la vuelta al pueblo después de esta larga caminata, las soledades de estos parajes fueron -y son- palpables, desoladoras y eternas, que corroboran la lapidaria reflexión del escritor y periodista Sergio del Molino: “La España vacía, vacía ya sin remedio, imposible de llenar, se ha vuelto presencia en la España urbana”, de su libro La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. (Ed. Turner. 2016).
No querría marcharme del Monte con esta visión tan pesimista del futuro social de Torrejoncillo del Rey, donde dejo un gusto agrio con oscuras palabras, y acaso sin lugar a la esperanza para la supervivencia de esta comunidad en la que vivo y con la que tan involucrado en mayor o menor medida en su sostenimiento y supervivencia junto con mi familia me hayo sin remisión desde mi mocedad. Vuelvo la vista atrás, una vez más en este viaje por las dos espectaculares alcarrias de Torrejoncillo, para repasar mentalmente los lugares y parajes que hemos recorrido con este texto, y agarrarme desesperadamente a sus nombres. ¡A las palabras que los nombran y representan!
Recientemente leía en el semanal cultural del ABC un artículo del creador del Reino de Celama, el escritor Luis Mateo Diez, titulado “Atmósferas verbales”, del que extraigo la siguiente frase: “No sé si las palabras huelen en lo que son o en lo que significan, sea o no sea un olor propio o un olor inducido al que la palabra sirve con lo que nombra y, a lo mejor, hasta en lo que sugiere”. ¿Acaso estos parajes nombrados de los Cerros y Vallejos de Torrejoncillo del Rey, más allá de lo que nombran o significan, de su etimología, no sugieren vidas pasadas? ¿No atesoran sólo por el hecho de nombrarlos, más allá de una unidad lingüística, toda la intrahistoria de un pueblo?
Mientras permanezca algún paseante, propio o foráneo, por estos altozanos, laderas y montículos, sendas y tinadas, abrigos, refugios y majadas, restos de huertos, fuentes y hontanares, oteros…; algún caminante sobre este mar de nubes que recorra estas tierras, bien por el mero hecho de ejercitarse, o disfrutar del paisaje, o por la curiosa investigación del patrimonio arqueológico y etnográfico, o para la observación de la fauna y la flora…, pero que perciba y sienta el olor de las palabras, tome conciencia en su contemplación del alma que contiene estos Cerros y Vallejos en sus nombres, permanecerá viva esta España vacía, con la vana esperanza de lograr su supervivencia, contribuir a mantener su presencia.
“¡Qué hermosura la de una puesta de
sol en estas solemnes soledades!”
La casta histórica Castilla. En torno
al casticismo. 1885. Miguel de Unamuno
Foto: Miguel de Unamuno en La Flecha,
1934.
Archivo fotográfico de José Suarez.
EL CERRO DEL TELÉGRAFO. SAN BARTOLOMÉ.
No
puedo terminar esta narración sin dedicar un apartado especial al Cerro de
San Bartolomé, popularmente conocido como el del Telégrafo, por la
torre de telegrafía óptica que se construyó en su cima en 1850. Evidentemente
esta narración quedaría inconclusa si no incluyera entre sus páginas el último
de los cerros -o el primero- que configura la fisonomía del término de
Torrejoncillo del Rey, y que de manera tan visible se dibuja en el horizonte desde
cualquiera de sus puntos cardinales. Como la Osa Polar orienta a los
navegantes, así este cerro solitario nos establece el rumbo al pueblo, como el
punto central, referente inequívoco, de una rosa de los vientos.
El
cerro de San Bartolomé es lo que en geografía se conoce como un cerro
testigo, un otero que debido a la erosión y la resistencia de su estrato
superior aparece como un cerro solitario en una zona plana, en diversas formas,
principalmente de pirámide truncada como es el caso de nuestro cerro sobresaliente.
No es el único visible en la zona. El más singular es el del Cerro de la
Muela o Cerro del Castillo de Amasatrigo en el término municipal de
Campos del Paraíso, éste de menor tamaño, tanto en altura: 950 m, como en
extensión: unas 12 ha., y con forma más acusada de un cono seccionado; y que
también se presta a una visita interesantísima.
Si
pudiéramos sobrevolar el cerro del Telégrafo, desde el cielo vemos que tiene la
forma de concha de viera, como la del peregrino del Camino de Santiago, con las
escorrentías erosionando su suelo, también de margas y calizas, como las
costillas radiales de la valva convexa de este fósil, trazadas imaginariamente
desde el aire.
Tiene
una extensión de unas 70 hectáreas en manos de un único propietario: algún
heredero de Doña Paquita, la maestra nacional, que ejerció en el pueblo
en la década de los 50; y una altitud de 1.044 m, circundado por el camino
de Valparaíso a levante, con el corral del Cerro a media ladera, y el
de la Zarza a poniente, también con su corral al pie de esta falda, el
de la Casilla del tío Illana.
Ambos caminos
parten perpendicularmente del carreterín a Horcajada o camino de la Vega.
Al norte, el trazado de la línea ferroviaria del AVE, la Autovía A40, y por
último la vieja carretera Nacional, como adarves inexpulsables. Al sur, el Batán,
junto al Gigüela.

Vista
aérea del Cerro de San Bartolomé. Google Earth.
Visto de perfil, el cerro parece la cabeza de
un enorme elefante yacente, viejo y agotado, como si el poderoso animal hubiese
caído del caparazón de la “Tortuga del Mundo” surcando el espacio -la Gran
A'Tuin de la fabulosa saga de literatura fantástica del escritor Terry
Pratchett-, en algunos de sus giros inesperados de navegación ingrávida,
abatido de soportar “Mundodisco”, para terminar sus días reposando en la Mancha
Alta conquense.
No
puedo terminar esta narración sin dedicar un apartado especial al Cerro de
San Bartolomé, popularmente conocido como el del Telégrafo, por la
torre de telegrafía óptica que se construyó en su cima en 1850. Evidentemente
esta narración quedaría inconclusa si no incluyera entre sus páginas el último
de los cerros -o el primero- que configura la fisonomía del término de
Torrejoncillo del Rey, y que de manera tan visible se dibuja en el horizonte desde
cualquiera de sus puntos cardinales. Como la Osa Polar orienta a los
navegantes, así este cerro solitario nos establece el rumbo al pueblo, como el
punto central, referente inequívoco, de una rosa de los vientos.
El
cerro de San Bartolomé es lo que en geografía se conoce como un cerro
testigo, un otero que debido a la erosión y la resistencia de su estrato
superior aparece como un cerro solitario en una zona plana, en diversas formas,
principalmente de pirámide truncada como es el caso de nuestro cerro sobresaliente.
No es el único visible en la zona. El más singular es el del Cerro de la
Muela o Cerro del Castillo de Amasatrigo en el término municipal de
Campos del Paraíso, éste de menor tamaño, tanto en altura: 950 m, como en
extensión: unas 12 ha., y con forma más acusada de un cono seccionado; y que
también se presta a una visita interesantísima.
Si
pudiéramos sobrevolar el cerro del Telégrafo, desde el cielo vemos que tiene la
forma de concha de viera, como la del peregrino del Camino de Santiago, con las
escorrentías erosionando su suelo, también de margas y calizas, como las
costillas radiales de la valva convexa de este fósil, trazadas imaginariamente
desde el aire.
Tiene
una extensión de unas 70 hectáreas en manos de un único propietario: algún
heredero de Doña Paquita, la maestra nacional, que ejerció en el pueblo
en la década de los 50; y una altitud de 1.044 m, circundado por el camino
de Valparaíso a levante, con el corral del Cerro a media ladera, y el
de la Zarza a poniente, también con su corral al pie de esta falda, el
de la Casilla del tío Illana.
Ambos caminos parten perpendicularmente del carreterín a Horcajada o camino de la Vega. Al norte, el trazado de la línea ferroviaria del AVE, la Autovía A40, y por último la vieja carretera Nacional, como adarves inexpulsables. Al sur, el Batán, junto al Gigüela.
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Vista aérea del Cerro de San Bartolomé. Google Earth. |
Visto de perfil, el cerro parece la cabeza de
un enorme elefante yacente, viejo y agotado, como si el poderoso animal hubiese
caído del caparazón de la “Tortuga del Mundo” surcando el espacio -la Gran
A'Tuin de la fabulosa saga de literatura fantástica del escritor Terry
Pratchett-, en algunos de sus giros inesperados de navegación ingrávida,
abatido de soportar “Mundodisco”, para terminar sus días reposando en la Mancha
Alta conquense.
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Vista
de la cara sur del Cerro de San Bartolomé, desde el Pozo Sales. |
La
anterior torre de este ramal, en excelente estado de conservación, muy
apropiado para una intervención integral para su restauración y recuperación,
se encuentra visible en Horcajada de la Torre, en el cerro igualmente con el
mismo topónimo de “Telégrafo” en su término. Y la posterior en Carrascosa del
Campo, en su Sierra, apenas restos de ella, oculta entre pinos y mancillada por
los molinos eólicos del pueblo vecino, y las nuevas torres de comunicación de
telefonía móvil. Las distancias entre ellas no supera los quince km. El estado
de la nuestra, evidentemente, es lamentable. Construida en mampostería con
piedra de yeso, apenas mantiene parte del zócalo, y resiste una única pared en
pie, con los restos de muros, lienzos y pisos desgajados, amontonados y
disgregados a su derredor. No obstante, bien merecería otra intervención para
la limpieza, consolidación y conservación de los restos inhiestos de este
vestigio histórico, como un gesto de última dignidad para esta infraestructura
básica, ante su previsible e inminente desaparición.
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Torre de Telegrafía Óptica nº L2C-106, del ramal Cuenca – Tarancón, de Torrejoncillo del Rey. |
Esta
línea de telegrafía fue declarada BIC con la categoría de Sitios Históricos,
según Decreto de la Junta de CLM el seis de julio de 2019. La Diputación
Provincial de Cuenca, en su etapa anterior, desarrolló un ambicioso plan para
la intervención y restauración de este patrimonio para la comunicación del
siglo XIX, en colaboración con el Colegio de Arquitectos de Cuenca, siendo
agraciado el Ayuntamiento de Torrejoncillo del Rey con 40.000€ de ayudas para
la torre de Horcajada, con cargo a los remanentes de esta Administración
provincial de 2018, y que contó con el acuerdo previo de la familia propietaria
Navarro Trapote para la cesión incondicional, altruista y desinteresada.
El
cambio político en la Diputación dejó clara cuán volátil son los compromisos de
las instituciones con los pequeños municipios. No voy a volver a este asunto,
ya referido aquí sobre la falta de consistencia y continuidad en las políticas
de defensa del Patrimonio de la Región. Y sobre mi opinión por la pérdida de
estas ayudas, así como los 200.000€ concedidos –¡mira la bolita… dónde está la
bolita!- para la restauración de la Ermita de Ntra. Sra. de la Paz, del
desparecido convento franciscano del siglo XVI-XVII de Torrejoncillo del Rey,
también con cargo a este remanente del ejercicio 2018 para infraestructuras y
patrimonio de la D. P., remito a los curiosos a mi carta abierta al presidente
de la institución provincial, publicada en diversos medios de la provincia en
agosto de 2019.
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Torre
del telégrafo. Vista desde el Corral del Cerro. |
El alto del cerro también acoge otra pequeña
construcción de infraestructuras, no por ello menos importante. Se trata de un
monolito que forma parte del Red Geodésica Nacional. En concreto es el vértice
geodésico nº 60871, con el nombre de Torrejoncillo, construido en
1985, para referenciar exactamente esta posición geográfica. Está emplazado en
la zona del llano del cerro más septentrional. Una vez más quiero entender que
no es casualidad el emplazamiento de esta instalación geodésica estatal en el
cerro del Telégrafo para localizaciones y georreferencias, una elección
meramente técnica, científica.
Don Julián Balsalobre, en el capítulo de si libro dedicado a las ermitas de Torrejoncillo del Rey, en referencia a la de San Bartolomé situada en este cerro, escribía: “Este cerro era divisado por los pastores a gran distancia y lo conocían con el nombre del Pez, por su semejanza por los montones de trigo y cebada que en las eras se formaban después de haber sido trilladas las mieses y el trigo ya aventado. Les servía de orientación y para conocer las jornadas que les faltaban para llegar a su destino”. Los pastores referidos eran los trashumantes que guiaban el ganado desde la serranía de Cuenca a Andalucía y a las Extremaduras, y la ubicación de este vértice de hormigón en el alto y señero Telégrafo, una vez más me lleva a afirmar que las tradiciones, la transmisión de costumbres atávicas presentan la base para muchos de los avances e innovaciones tecnológicas, no siempre fruto del azar o la investigación, como en este caso, donde la ciencia llega a remolque de la sabiduría popular.
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Vértice
geodésico Torrejoncillo, nº 60871 de la Red Nacional de Geodesia, en el cerro
del Telégrafo. |
La
última de las edificaciones a lomos de este plantígrado de calizas que hacen
este cerro tan singular sería la Ermita de San Bartolomé, ubicada en el
puntal del cerro, en verdad muy similar a la Atalaya, y como no podría ser de
otra forma, construida a oriente. Si nos hemos fijado, a lo largo de este
recorrido por las alturas del término, no encontramos en ninguno de sus
vértices y puntales relacionados ermita alguna, a pesar del numeroso inventario
de ellas en Torrejoncillo del Rey.
El núcleo urbano se encuentra rodeado de estos edificios sagrados, como un círculo de espectros protectores: Ermita de la Soledad, Ermita de Ntra. Sra. de la Paz, a punto de colapsar, Ermita de San Roque, hoy nave agrícola, Ermita de Santa Ana en el interior del cementerio, derruida e inaccesible, Ermita de la Esperanza, abandonada, siempre misteriosa, y la última, a mayor altitud que el resto, también desaparecida, la Ermita de Ntra. Sra. de los Dolores, al pie del cerro de las Carrasquilla, ubicada en lo que ahora ocupan los depósitos de agua para abastecimiento municipal del pueblo. En el callejero interior, los resto de la Ermita de la Salud; y extramuros la nombrada de Ermita de San Sebastián, en el Santo, o la mítica Santa Brígida y la Ermita de la Virgen de Urbanos morada de la Virgen amada y piadosa, en el confín del término, junto al valle del Gigüela. Pero la única que como escribo se construyó a estos más de mil metros de altitud de entre todos los cerros por los que hemos deambulado, sería, prominente, la Ermita de San Bartolomé.
![]() |
Puntal del Cerro del Telégrafo, con
los restos de la Ermita de San Bartolomé. |
![]() |
La
festividad del evangelista Natanael, pescador, mártir galileo, desollado
vivo y decapitado por su generosidad y dar a conocer fervientemente la palabra
de Jesucristo y propagar su santa religión, es celebra el 24 de agosto. Don
Julián, sobre esta ermita, escribe: “Por su situación, en la cima del cerro,
pequeño tamaño, y distante de toda población, hace pensar que su construcción
debió ser por haber ocurrido algún acontecimiento o por alguna promesa, lo
cierto es que no se tiene noticias sobre su origen”.
Por
mi parte, en este afán fantasioso por relacionar cualquier piedra, hontanar,
paraje o mínima construcción con la España mágica, sin investigación o
justificación documental alguna salvo la intuición desaforada y la imaginación
sin tacto, diré que el culto al santo se remonta principalmente a la etapa de
reconquista castellana, y entre otros es patrón de los pastores,
agricultores, mineros, y transportistas de sal…, y mercaderes de queso, alimento
básico no sólo del gremio, sino para su economía, elaborado como sabemos a base
de la leche de ovejas y cabras.
Por
todo esto, no puedo evitar, ante la numerosísima existencia de corrales,
apriscos, rediles, majadas, chozos, dormideros…, para custodia de rebaños y
refugio de ovejeros en el término (con dos de estas construcciones ganaderas a este
y oeste), y la situación estratégica y de referencia del cerro testigo, con su
posición emblemática para la ruta de las trashumancias merinas por la Cañada
Real nº 4 del Collado Rubio, que cruza el término de Torrejoncillo del Rey,
tangente al Telégrafo en su cara norte, incluso la proximidad de la propia mina
romana de La Mora Encantada y sus rutas de cristal, apostillar a lo dicho por
el viejo maestro de escuela, que la construcción de la ermita de San Bartolomé bien
podría asentarse sobre los restos dedicados a alguna antigua divinidad pastoril
como la diosa romana Pales, protectora de ellos, o la diosa Luna, Selene,
que protegía de la Oscuridad a los mineros. Levantada acaso sobre una atalaya
de vigilancia de otras Edades, al estilo de la Plaza de Armas, donde los
pastores custodiaban las realas, o se protegían alrededor de un fuego con los
astutos canes en vela, siempre aleta. O avanzada la reconquista y consolidación
de los reinos cristianos, emplazar la primera ermita Ad maiorem Dei gloriam,
bajo la advocación del apóstol, patrón de los pastores y agricultores, en este
lugar fantástico, hermoso, y con tanta belleza paisajística extendida a su
alrededor.
![]() |
Restos
del Corral del Tío Illana, ubicado en la falda del Cerro a poniente. |
![]() |
Desde
su cima, el último límite de la línea del horizonte lo marca el alcance de
nuestra vista, circundada prácticamente diáfana 360 grados, y la mirada que se
nos ofrece se amplía ilimitadamente, limpia y espectacular, conmoviendo y
ensanchando el alma, colmándola de colores: verdes, amarillos, ocres y grises
en todas sus gamas y tonos según el avanzar de las estaciones del año; saturada
por el olor de las palabras de los parajes y lugares, y cada uno de los
rincones y detalles paisajísticos que desde aquí se divisan. ¡Y el azul,
siempre el azul del cielo! La altitud de la meseta, y en particular de la Alcarria,
es una altura acogedora y segura, y el tono del azul de estos cielos es como un
manto protector, así el hábito de la Virgen de la Piedad de Urbanos.
Las
alturas espectaculares de las altas sierras y montañas se antojan inquietantes
y sobrecogedoras, me ahoga la inmensidad de su vacío, y me producen un vértigo turbador.
Quizás sea la inexistencia de hogar y el trabajo del hombre en esas altitudes,
desiertas e inaccesibles y que, sin su esfuerzo y labor moldeadora, implacable la
naturaleza muestra su rostro más salvaje, con ese miedo atávico del ser humano
a la soledad, al vacío y al aislamiento, sólo superado ancestralmente por la
religión y el desarrollo de la agricultura y la ganadería.
Sin
embargo, en las alcarrias, con su altura justa y medida, transición de terrenos
agreste y laborables, caminamos con la permanente sensación de ir acompañado, sintiendo
inquisitiva y preventiva la mirada curiosa de algún otro caminante, agricultor,
cazador, o ganadero -aquí el campo siempre tiene ojos, percibiendo algún ruido
metálico, manufacturado, y los sonidos de las criaturillas animales,
conciliadores, que nos llegan sobre el viento.
¡Qué
tranquilizador su sonido filtrado entre las acículas de los pinos! El viento
entre pinochas y las hojas de los escasos rebollos y los quejigos chaparros por
los que paseamos en los ascensos, es pacificador. La seguridad de sus oteros,
valles, barrancos, y llanos, permite contemplar desinhibido la belleza total del
paisaje, descifrar sus significados al completo, como observar un cuadro en la
seguridad de un museo. En la Alcarria, la España vacía, es percibe menos
vaciada, y sus soledades son en verdad “solemnes”, acogedoras y seguras.
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Vistas otoñales desde el Cerro de San Bartolomé. |
Las
parcelas de labor, los olivares y las plantaciones de almendros, los caminos y
lindes, se perfilan exactas, y los detalles se engrandecen. Vemos desde el
cerro la sucesión en alternancia de vallejos y cerros recorridos aquí,
delineando la lejanía en una única raya continua, perfecta, que se pierde en el
horizonte, despidiendo y convergiendo el término hacia el infinito; y si
tenemos la paciencia de agotar el día en San Bartolomé, las puestas de sol
desde esta almena son espectaculares, únicas de colores naranjas y rojos por cómo
tiñen el cielo en los atardeceres, cambiando sus tonos hasta la ciada lenta del
sol, a los añiles y violetas. La noche. Y la diosa Luna.
La
gran mancha verde de la Dehesa se identifica claramente en toda su
extensión, como un esmerado parque urbano rodeados de edificios, pronto más arrinconada
con la nueva minería de espejillo, por las ocho grandes plantas solares fotovoltaicas,
que ocuparán las cerca de ¡727 has.!, (la extensión de la Dehesa es de sólo 115
ha), empequeñeciéndola y anulando lo excepcional de su belleza forestal,
intimidada por la fanfarronería y la soberbia de estas nuevas instalaciones de
producción de energía ecológica y verde. Me pregunto si en futuro lejano, apocalíptico
y distópico, no existirán arqueólogos como los citados que excaven los restos entonces
inservibles, aniquilados por agotamiento, de estos parques de energía solar y
sus paneles fotovoltaicos, devastadores del paisaje y de toda solemnidad
de estas soledades, como las admiradas por Unamuno desde La Flecha, en
la Salamanca castellana.
En
el libro tercero de la segunda parte de Las dos Torres, del Señor de los
Anillos, J. R. R. Tolkien nos presente un personaje entrañable, Barbol,
el pastor de árboles, un Ent. El cerro testigo del Telégrafo es un pastor,
ancestral y fantástico que observa indiferente y casado por la erosión de los
siglos sus rebaños de cerros y vallejos, consciente de su fuerza superior, siempre
vigilante, como un fiel mastín. El cerro de San Bartolomé es un pastor de
Cerros. Ay Dios, si resurgiera de la tierra, poderos y hastiado, arrancando
molinos, y con ellos, en su grandes y firmes manos, desbastar la comarca de líneas
eléctricas de alta tensión, subestaciones, y placas solares productores de
energía para el disfrute urbano, a mandoblazos certeros y terribles, pisoteando
trastabillado los vertederos de residuos ajenos, de nombres engañosos que
ocultan interesada y torticeramente la verdad del significado de las palabras:
complejo medioambiental, ecoparque, planta de biogás, cementerio nuclear…, y
arrasar con su ira todo cuanto ha dañado su rebaño de montes, manantiales, y
arroyos. Como los Ents terminaron con la guarida del nigromante Sauron
y su legión de orcos, como Don Quijote lanza en ristre cargó sobre gigantes, a
lomos de su famélico penco.
Es
sólo literatura fantástica. La Alcarria no volverá a llenarse de gente, si es que alguna vez lo estuvo,
no creo en una gentrificación a la inversa de sus pueblos, que “la ciudad se
haga presencia en la España rural”. La
subsistencia de esta tierra pasa, entre otras inversiones y actuaciones, por la
existencia de estas grandes obras de ingeniería, básicas, de las cuales ni
mucho menos estoy en contra, y por la supervivencia de los últimos restos de su
Patrimonio. Bien al contrario, soy partidario y defensor de estas
instalaciones. De todas, sin excepción, inequívocamente. Es sólo proyectar este
rencor con el recurso de la literatura fantástica. Intuir cómo el Estado y su pesada
maquinaria burocrática, con una lentitud exasperante y calculada, parece no
buscar, fuera de la propaganda, la coexistencia entre estas instalaciones
necesarias e imprescindibles y el territorio donde se emplazan, constatar la
inexistencia de compensaciones para lograr un nuevo equilibrio entre la
tradición, el mundo rural, y la “España urbana”. Vislumbrar la desaparición de
esta comarca desprendida y solitaria, moribunda y entregada, tal y como la
conocíamos, cuyo futuro intuyo será continuar transformándose en la fuente de
recursos y el silo de desechos de las ciudades, con su turismo sostenible,
caprichoso y exigente de fin de semana, y los escasos habitantes resistentes,
dedicados a su cuidado y mantenimiento, como dignos conserjes.
“¡¡Pero
hoy no es ese día!! ¡¡En este día, lucharemos!! Por todo aquello que vuestro
corazón ama de esta buena tierra, os llamo a luchar, ¡hombres del oeste!” Con
estas palabras, el montaraz arengaba a sus huestes frente a la Puerta Negra
de Mordor en la última parte de la trilogía del Señor de los Anillos, El
Retorno del Rey.
Torrejoncillo del Rey está situado en un lugar privilegiado, en verdad sin mucha diferencia de cualquiera del puñado de los pequeños y encantadores pueblos que conforma la Alcarria Conquense. Quizás esta alineación de Cerros y Vallejos recorridos paso a paso en este relato, oteando el sur, en esta tierra de nombres que saben y huelen, bella y sorprendente, municipio abierto a la nueva Castilla, acogedor y extrovertido, puerta oriental de la Alcarria, siempre franca, lo confieren en un pueblo singular, excepcional, que bien se merece respetar, protegerlo, y luchar por él, acaso sencillamente recorriendo los parajes de su término, recordando y murmurando sus nombres, para no perder el origen y la razón de su existencia, no olvidar de dónde venimos, y que la defensa por la recuperación del equilibrio perdido, cobre así sentido.
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Panorámica
de los Cerros y Vallejos de Torrejoncillo del Rey, desde el Corral del Cerro,
en San Bartolomé. |
Torrejoncillo del Rey, en el día de san Blas
de 2023
Carlos Cuenca
Arroyo, es empresario y concejal del Ayuntamiento de Torrejoncillo del Rey
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